
Memes o votos: la batalla electoral en redes sociales
La bancada del PRI en el Senado se opuso a la iniciativa de legisladores de Morena que busca sancionar con seis años de cárcel a quienes utilicen las redes sociales para difusión de parodias o memes en contra de funcionarios o políticos.
La ley fue desvirtuada por la oposición y finalmente aprobada sólo para imágenes creadas en inteligencia artificial, por resultar engañosas, vulnerar los derechos humanos y ser carentes de ética.
El diputado de Morena, Armando Corona Arvizu, envió esta iniciativa que fue cuestionada por los conservadores, quienes quieren convertir los memes en votos y, como premio de consolación, obtienen sólo una risa fácil o una carcajada forzada.
El meme político es un chiste breve, con más resentimiento que ingenio. Intenta, como toda expresión humana, modificar conductas. En ese sentido, el meme se convierte en un fin en sí mismo, que hace del celular una boleta electoral.
Tiene la particularidad de sacrificar la credibilidad de quien lo envía a partir de una idea ajena y preconcebida. Sacrifica la credibilidad propia en el momento en que se vuelve a reenviar. No afecta a quien ataca, afecta a quienes consideran que ya se desquitó de quien odia, a veces sin razón. Hasta ahí.
El meme transmite un alivio momentáneo si se está a favor de su contenido o una indignación silenciosa si no se coincide. Cualquiera de las dos emociones se reducen a borrar, reenviar o guardar.
El meme deja de ser individual en el momento del reenvío; se vuelve una terapia que alivia, pero no cura, y agota la intención de participación electoral en su vista, lectura o visualización. Incluso llega a sustituir el voto visceral de mucha gente.
Cuando se reenvía un meme, la intención de quitarle un voto a un partido y otorgárselo a otro se cumple.
La risa que provoca un meme no es una expresión de humor, sino de burla, por lo que tiene un fuerte condimento de agresividad.
Quienes reenvían un meme consideran que ya no es necesario votar porque se cumplió con la participación de favorecer o criticar a una parte del espectro partidista, aunque sea con un gesto, un comentario o un reenvío. Es un voto virtual, silencioso, sutil, sólo efectivo para engrosar las filas del abstencionismo.
El uso de los memes políticos llega a niveles patológicos, y se convierten en adicción, sobre todo porque significa una descarga violenta contra los contrincantes; a los que, a través del meme, se vuelven enemigos, haciendo de la lucha electoral un campo de batalla y no una confrontación de ideas.
La guerra de memes es una parodia en sí misma que se agota en el momento mismo en que se observa; carece de trascendencia y no transforma la realidad.
Hay quienes prefieren reenviar que votar; para algunos tiene el mismo alcance. El meme es una herramienta efímera; se olvida, pero llega la intención al inconsciente y crea una inconformidad política amorfa, tal y como se muestra en las marchas de la marea rosa, donde ni siquiera saben qué ruta tomar a la hora de la protesta callejera.
Los memes se han convertido en un alivio al resentimiento, un descanso a la tensión de la disidencia. Intenta influir en conductas, pero su inmediatez y brevedad sólo modifica emociones efímeras. Impacta, pero no crea conciencia. Provoca reacción, pero no respuesta.
El meme no busca la risa, sino la indignación y la complicidad; es un golpe contra el enemigo no asestado directamente, con la ilusoria sensación de que hace daño. Es una pelea donde el enemigo es invisible, pero ni siquiera se entera de la agresión. Es decir, una violencia estéril y un acto de impotencia.
Reírse de otra persona es uno de los más antiguos gestos de aparente superioridad en el ser humano; se congela en el momento y carece de importancia, como el racismo y las supuestas diferencias raciales.
El meme, al igual que el voto, impone una visión emocional de la realidad; transformarla depende de otra emoción adicional, que es la que proviene de la individualidad, de la habitual pasividad que convoca al abstencionismo.
En términos reales, los memes no afectan a nadie; al contrario, le colocan reflectores a quienes agreden, en la mayoría de los casos, en su beneficio. Es un sustantivo que se convierte en adjetivo.


