
Cartas imposibles
Ulises: ¿volver a casa?
Querido Ulises: No sé si realmente volviste a Ítaca. Quizá arribó tu cuerpo, cansado y cubierto de sal. Pero sospecho que el hombre que zarpó hacia Troya jamás regresó, digo, porque veinte años son suficientes para convertir a cualquiera en otro.
Dicen que elegiste volver mientras Aquiles escogió la gloria. Él prefirió una vida breve y un nombre inmortal. Tú preferiste una vida larga y volver al abrazo de Penélope. Qué extraña forma de heroísmo.
Ulises, déjame llamarte así -en latín-, al fin y al cabo Odiseo, tu nombre en griego ahora está en boca de todos, gracias a la nueva adaptación cinematográfica de La Odisea, dirigida por Christopher Nolan.
Una película que vuelve a colocar tu historia en el centro de la conversación y me hizo recordar que Homero nunca escribió una novela de aventuras. Escribió una pregunta.
¿Qué significa regresar?
Porque Ítaca nunca fue una isla. Fue una idea, ese sitio íntimo donde alguien nos espera. O donde creemos que todavía somos esperados.
¿Sabes? Creo que todos tenemos una Ítaca. A veces tiene el rostro de una madre. Otras, el de un padre que ya no está. A veces es una ciudad perdida, una infancia, un amor, una versión de nosotros mismos que juramos recuperar algún día.
Lo extraño es que, cuando por fin llegamos, descubrimos que el viaje nos cambió más que el destino.
Por eso celebro que una nueva adaptación cinematográfica vuelva la mirada hacia tu historia y a una de las primeras preguntas filosóficas de la humanidad: ¿qué permanece de nosotros después del viaje?
Y no me refiero a la filosofía de los tratados, sino a esa que se escribe con cicatrices. Mientras tú navegabas, Penélope tejía… y destejía. Durante veinte años convirtió la espera en un acto de creación.
Porque esperar nunca fue quedarse inmóvil. Esperar también es una forma de caminar. Penélope comprendió que el tiempo no sólo transcurre: también nos teje. Y nos desteje.
Gardel, el de los tangos, canta que "veinte años no es nada". Tal vez tenga razón. Porque el tiempo no se mide con calendarios, sino con las decisiones que nos transforman.
Al final, Ítaca no recompensa con riquezas. Nos recompensa con la posibilidad de entender quiénes somos.
Cavafis, en su poema a Ítaca, escribió que, aunque la encuentres pobre, Ítaca no te habrá engañado. Sabio como te habrás vuelto, comprenderás al fin qué significan las Ítacas. Sabrás que no existen para ser poseídas, sino para obligarnos a partir.
Quizá por eso Homero sigue respirando tres mil años después. Porque cada generación vuelve a leerlo creyendo que encontrará un héroe, cuando en realidad encuentra un espejo. Y todos seguimos preguntándonos dónde queda nuestra Ítaca.
Con afecto, alguien que aún navega.


