
Postigo: Presos políticos y modernos desaparecidos
Los cambios del mundo creados por los medios arrojan una realidad paralela y fusionan términos incompatibles y actividades antagónicas. Hay dos casos que deben ser clasificados entre lo que eran antes y después de los gobiernos de la 4T.
Los presos políticos, por ejemplo, según los medios, todo delincuente común que es investigado, juzgado y sentenciado es considerado por los medios convencionales como presos políticos. Anteriormente, los presos políticos que existieron cuando gobernaba el PRIAN eran personas con un profundo compromiso social, luchaban exponiendo la vida por una transformación de la realidad social. Ahora, son delincuentes comunes que aprovechan sus relaciones en el Poder político, judicial y legislativo para alcanzar la impunidad como su estado natural de vida.
El caso de Ernesto Ruffo está muy claro; quien tiene un centenar de pruebas por diferentes delitos, entre los que destacan su vinculación con el crimen organizado y lavado de dinero, está muy lejos de ser un preso político, aunque los medios insistan en darle espacios destacados a quienes lo afirman.
Después del caso de Ernesto Ruffo, los delitos imputados a Rocha Moya quedaron muy pequeños. Los gritos estridentes de la oposición se convirtieron en conferencias de prensa y las exigencias de entregar al gobernador de Sinaloa, en una nostálgica consigna.
La responsabilidad penal de Ruffo afecta a tres partidos políticos, no sólo a uno. Su partido de origen, el PAN; su partido cómplice, el PRI; y su nuevo partido, del que es miembro distinguido, Somos MX. En cada uno pudo existir apoyo económico desde las ganancias ilícitas de Ruffo, lo que puede arrojar una auditoría a los tres partidos para conocer el origen del dinero.
Llama la atención la reiterada insistencia en culpar a Morena de los delitos que ellos cometían, porque no les eran desconocidos, por lo menos para las cúpulas de los tres partidos. Han acusado a más de un gobernador de estar vinculado al narcotráfico, desde la militancia hasta la Presidenta.
Tienen a García Luna, a Ángel Aguirre y a Ernesto Ruffo, y van por Cabeza de Vaca y Maru Campos; acusaron en varios medios la participación de los hijos del expresidente López Obrador en el huachicol y la lista de cómplices todavía no empieza a conocerse; descalifican a Noroña por tener una casa de 12 millones, pero callan por la compra de una casa de 62 millones de la gobernadora de Chihuahua, en un predio de 31 millones, producto de un préstamo a nombre de su gobierno.
Las actividades son muy diferentes; las causas chocan con la realidad. La historia lo confirma, porque mientras los presos políticos luchaban contra la opresión, estos delincuentes de cuello blanco son explotadores que luchan por su individualista libertad para sacrificar trabajadores y comprar instituciones. Los presos políticos de antes eran pobres, los de hoy son ricos, extremadamente millonarios. Los perseguidos políticos de antes tenían tantos sueños que podían confundir la realidad con la utopía; los de ahora son una pesadilla.
La acusación de presos políticos tiene dos objetivos: el primero, que dentro y fuera de nuestras fronteras el gobierno es considerado como autoritario cuando, en realidad, sólo aplica la ley; el otro, liberar de responsabilidades penales a sus cómplices, antes de que sus declaraciones ministeriales los desenmascaren.
Otro de los cambios radicales de significado y definición son los desaparecidos. Antiguamente, los desaparecidos eran activistas disidentes, luchadores sociales, defensores de derechos humanos, guerrilleros, líderes estudiantiles y obreros, defensores de la naturaleza, a quienes los gobiernos del PRIAN castigaban con la desaparición y la muerte, incluyendo tortura que alcanzaba hasta sus familiares sin importar si eran niños.
Ahora, los desaparecidos son muchachos deslumbrados por los anuncios de internet donde se convoca a jóvenes a ganar mucho dinero sin hacer nada más que arriesgar su vida; acuden a estos llamados del crimen organizado, cuyos capos llaman “pollitos”; jovencitas que asisten a llamados secretos para convertirse en estrellas de modelaje o de series de televisión. Jóvenes que hacen del desvelo nocturno su horario para buscar trabajo y salir de su aburrimiento llenan de angustia las cifras que se multiplican en las estadísticas de desaparecidos; a ellos no los persigue nadie, ellos acuden al peligro. La confesión de Cecy Flores, quien encabeza varios contingentes de madres buscadoras, con apoyo de partidos de oposición y líder de colectivos en varios estados, es muy sintomática: “Sí, mi hijo hizo cosas ilícitas, pero fue para tener mucho dinero y darle un mejor futuro a mis nietos”.
Atrapados en las redes, por decisión propia, muchas veces sin ser mayores de edad, asisten a llamados que sólo prometen.
Presos políticos y desaparecidos tienen causas diferentes y orígenes radicalmente distintos; una gran diferencia que hasta raya en el insulto y la desmemoria.


