Cartas Imposibles. Joan: La vejez, esa alquimia
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Cartas Imposibles. Joan: La vejez, esa alquimia

Dunia Rodríguez
Dunia RodríguezColumnista de Opinión10 de agosto de 2026 a las 10:11 h

Querido Joan Manuel: ¿Será que la gente quiere lucir joven a toda costa? ¿Será que todos quieren mirarse en el retrato de Dorian Gray? ¿Detener el tiempo? No sé.

Leo y escucho tus reflexiones sobre la vejez y pienso que quizá hoy es una estación de la vida de la que algunos se avergüenzan, cuando, creo, es una alquimia: convertir años en experiencia, días en memoria, tropiezos en conocimiento; haber leído más libros, visto más películas, escuchado más canciones, recorrido más caminos. Acumular historias, algunas luminosas y otras no tanto.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, dice el refrán. Y algo de razón tiene. Aunque no siempre la edad nos haga más sabios; a veces sólo nos vuelve expertos en sobrevivir. Que tampoco es poca cosa.

¿Por qué hablar de la vejez, Joan? ¿Puedo decirte así, Joan? Aunque también puedo decirte Serrat, Joan Manuel Serrat como todo mundo te conoce. Me uno a tu reflexión porque ahora tenemos edad suficiente para hablar de la vejez sin pedir permiso.

Te escucho en ese pequeño video —reel, les llaman ahora— donde, con esa manera tuya de acomodar poéticamente las palabras, dices verdades a saco.

La vejez, dices, ya es suficientemente difícil para cargarla además de silencio, infantilismo y abandono. Esa imagen del “abuelito, que levante la patita” me provoca una mezcla de risa y tristeza.

Porque hay una sociedad empeñada en convertir a los viejos en niños, como si cumplir años nos quitara la capacidad de decidir, desear, equivocarnos, enamorarnos u opinar. Como si después de cierta edad hubiera que sentarse en un rincón y esperar.

¿Esperar qué? ¿La muerte? No, gracias.

Qué jóvenes éramos entonces, Joan, cuando cantábamos tus canciones. La vejez parecía una palabra lejana, reservada para nuestros abuelos, a quienes por cierto nunca como “viejitos”. Los recuerdo recios, fuertes, ocupados. Haciendo sus cosas. Viviendo. Quizá ésa sea la diferencia. Ellos no se sentían obligados a parecer jóvenes. Simplemente eran.

Hoy adoramos la juventud como si fuera una religión: todo debe ser rápido, nuevo, inmediato. La arruga se corrige, la cana se disimula, la edad se esconde. Y pareciera que también queremos esconder la experiencia.

Tú dices que tratar a los viejos como inferiores o inútiles es como quemar los libros. Qué imagen tan cierta. Porque cada ser humano es un libro: cada arruga, una página; cada cicatriz, una anotación; cada pérdida, un capítulo.

Me gusta escucharte hablar de tus achaques con naturalidad: gafas, audífonos, prótesis, medicamentos, abolladuras, raspaduras. No hay tragedia en admitir que el cuerpo se desgasta. La verdadera tragedia sería llegar hasta aquí sin haber aprendido a querer la vida.

Dices que, a estas alturas, puede ser un buen momento para “soltar el alma”. Sí. Soltar lo que no pudimos cambiar, lo que dijimos mal, lo que no dijimos, los amores que no fueron.

A cierta edad aparece una palabra sencilla: aceptar. “Aceptar con razonada tranquilidad”, dices.

Esta tarde llueve con furia y te escucho cantar Lucía, Las pequeñas cosas y otras canciones. Vaya, dejo correr el disco y descubro que una letra cantada a los veinte toma otro significado a mis sesenta y tantos.

Porque los años nos dan perspectiva, memoria y, si tenemos suerte, ternura hacia aquella mujer o aquel hombre que fuimos.

Dices, Joan, que con raspones y abolladuras todavía conservas buena parte de tus ilusiones. Qué maravilla.

Quizá ésa sea la verdadera juventud: conservar alguna ilusión, seguir poniendo música, leyendo, esperando la lluvia, queriendo. Seguir escribiendo cartas imposibles a hombres que probablemente nunca sabrán que existieron

Y aquí estamos: tú, con tus ochenta y tantos. Yo, de este lado de la vida. Dos personas que sabemos que las cosas duran lo que duran. Y quizá por eso hay que disfrutarlas mientras están.

Querido Joan: esta tarde te escucho cantar mientras llueve. La lluvia me limpia. La música me empaña la voz. Entonces pienso que quizá la vejez sea eso: después de atravesar tantas estaciones, aprender finalmente a mirar el paisaje.

Mi amado Joan, sigamos cantando.

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