Antoine, hoy vuelvo a ti
Nacional

Antoine, hoy vuelvo a ti

Dunia Rodríguez
Dunia RodríguezColumnista de Opinión4 de agosto de 2026 a las 15:44 h

Querido Antoine: No recuerdo cuántos años tenía cuando mi padre llegó a casa con un pequeño libro de portada sencilla. Lo puso entre mis manos como quien entrega un secreto. Era El Principito.

Lo leí entonces como leen los niños: buscando aventuras. Lo releí siendo maestra, intentando que mis alumnos descubrieran en sus páginas algo más que un cuento. Debo confesarte que no siempre lo conseguí. No importa. Los libros verdaderos saben esperar.

Hoy vuelvo a ti, más de ochenta años después de que escribieras esa historia y más de ocho décadas después de tu desaparición en el Mediterráneo, aquel 31 de julio de 1944. Y descubro, con una mezcla de asombro y gratitud, que el zorro siempre supo más de la vida que muchos filósofos.

De niña creía que "domesticar" significaba enseñar. Qué equivocada estaba.

Ahora entiendo que domesticar es otra cosa: es cultivar el vínculo. Es concederle tiempo al otro hasta que su presencia se convierta en una necesidad del corazón. Es aprender el sonido de sus pasos entre el ruido del mundo. Es reconocer que hay personas cuya ausencia modifica la geografía de nuestros días.

Hoy cuando la sociedad presume estar más conectada que nunca, estamos tan lejos unos de otros. Tenemos aplicaciones para comprar comida, pedir un taxi o “conversar”. Pero, como le dijiste al Principito, siguen sin existir tiendas donde comprar amigos.

Los vínculos continúan siendo artesanales, es decir, no admiten producción en serie ni se improvisan.

Hay que sentarse un poco más lejos el primer día, un poco más cerca al siguiente. Hay que aprender los silencios, respetar los tiempos, descubrir las heridas que el otro no pronuncia. Hay que aceptar que el afecto no ocurre: se construye.

Mientras te releía pensaba también en Erich Fromm. Él escribió que amar no consiste en encontrar a la persona perfecta, sino en desarrollar la capacidad de amar. Qué cercana resulta esa idea a la tuya. El amor —como la amistad— no nace para llenar nuestros vacíos. Nace para compartir nuestra abundancia interior.

Quizá por eso cada vez estoy menos convencida de que los amigos se busquen. Creo que, de alguna manera mágica, se reconocen. Aparecen cuando dos historias deciden caminar un tramo juntas.

Entonces ocurre algo extraordinario: el otro deja de ser uno entre millones y comienza a ocupar un lugar irrepetible en nuestro universo afectivo. Eso era lo que el zorro intentaba explicarle al Principito. Y también a nosotros.

Hoy entiendo que cuidar un vínculo es una forma de gratitud. Significa hacerse responsable de aquello que el tiempo fue tejiendo entre dos personas. Significa permanecer, aun cuando la prisa del mundo nos invite a pasar de largo.

Tal vez por eso regreso siempre a ese capítulo. No porque hable de un niño y un zorro, sino porque habla de todos nosotros, de nuestra necesidad de ser vistos sin máscaras, de encontrar un lugar donde el ruido de nuestros pasos sea esperado y donde alguien, al escucharnos llegar, salga de su madriguera con la alegría de quien reconoce una música.

Gracias, Antoine, por recordarnos que los afectos requieren paciencia, que la amistad es un oficio y que el tiempo dedicado a quienes amamos nunca se pierde: se transforma en ese invisible lazo que convierte una vida cualquiera en una vida compartida.

Con amorosos recuerdos, Dunia

Comentarios

Cargando comentarios...

Deja tu comentario

reCAPTCHAPrivacidad - Condiciones