
La reforma judicial empieza donde la justicia no llega
febrero 9, 2026La otra guerra contra Latinoamérica
Postigo
Por José García Sánchez
Estamos acostumbrados a denominar a la derecha como un grupo de personas estancadas en el tiempo, estáticas en sus ideas y repetitivas en sus consignas. Sin embargo, la necesidad de recuperar el poder total la ha obligado a aprender de sus errores. Lo hace lentamente, pero avanza. Mantiene abiertas sus trincheras tradicionales: los ataques militares siguen vigentes y las amenazas continúan siendo el principal insumo de su discurso.
Ahora, el frente principal no es solamente militar. Es estructural. Buscan vulnerar al adversario desde dentro, en su arquitectura política y cultural.
El 5 de febrero, Estados Unidos anunció el envío de seis millones de dólares en ayuda humanitaria a Cuba, principalmente dirigida a personas afectadas por recientes huracanes. La narrativa que intenta posicionar el vecino del norte es clara: sostiene que la crisis en Cuba no es consecuencia del embargo impuesto en 1962, tras la nacionalización de propiedades estadounidenses, sino del mal manejo de recursos por parte del gobierno cubano. Un discurso que remite directamente a la lógica de la Guerra Fría.
La ayuda alimentaria será enviada desde Miami y distribuida en parroquias católicas del oriente de la isla. Ahí se establecerán vínculos entre “voluntarios de Miami” y sacerdotes locales. No es un dato menor.
Las primeras críticas contra la Revolución Cubana provinieron precisamente de sectores del clero, quienes denunciaron el supuesto cierre y quema de templos. Muchas de esas quejas se emitían desde Miami. Sin embargo, la relación entre el gobierno cubano y el Vaticano ha sido históricamente más compleja y, en varios momentos, armoniosa. Desde el triunfo de la Revolución, cuando el Papa Juan XXIII —conocido como “El Papa bueno”— envió un mensaje a Fidel Castro a través del embajador cubano en el Vaticano, Luis Amado Blanco: “Diga a mi hijito que resista, que el Santo Padre ora por él y por Cuba”.
Fidel Castro cursó parte de su educación en instituciones lasallistas y posteriormente en el Colegio de Dolores, de influencia jesuita. Tras el embargo, el clero cubano se dividió: algunos encabezaron el éxodo hacia Miami; otros permanecieron dedicados a su labor pastoral; y algunos mantuvieron una actividad política discreta. Es con estos últimos con quienes podrían articularse los nuevos vínculos derivados de la llamada ayuda humanitaria.
La estrategia apunta a algo más profundo que la asistencia alimentaria. Busca introducir fisuras en el núcleo cultural y religioso de la isla. Dividir desde el templo para debilitar la cohesión política.
En Venezuela se observan tácticas similares. Desde Estados Unidos se difundió la versión de que la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez —hoy presidenta— habría traicionado a Nicolás Maduro para facilitar su entrega a fuerzas estadounidenses y cobrar una recompensa. La noticia se expandió en medios internacionales. La intención era sembrar la sospecha en el corazón del chavismo.
La versión no tuvo eco interno significativo, pero evidenció la estrategia: destruir el liderazgo desde su centro neurálgico. Generar dudas, provocar fracturas y erosionar la confianza interna.
Se trata de una guerra comunicacional y cultural. Una invasión silenciosa que no necesita tropas para operar.
En México, algo similar ocurrió en torno al debate sobre minerales críticos. Estados Unidos filtró la versión de que México había concedido espacios territoriales para su explotación. El secretario de Economía únicamente había señalado que existían conversaciones multilaterales para abordar el tema. Sin embargo, algunos medios nacionales presentaron el asunto como una cesión consumada de soberanía.
La narrativa buscaba mostrar una derrota anticipada del gobierno mexicano. La intención era clara: generar tensión interna y desgaste político antes de que existiera siquiera un acuerdo.
La lógica se repite. Rumores desde dentro, presión desde fuera. El objetivo no es necesariamente una confrontación abierta, sino la fragmentación progresiva. Romper la cohesión política, sembrar desconfianza y amplificar conflictos internos.
La derecha no descuida frentes. La disputa ya no se libra únicamente en el terreno militar o económico. Se libra en la percepción, en la cultura, en la religión y en la estructura misma de las convicciones sociales.
Esa es la otra guerra.


