
Venezuela: más preguntas que banderas
enero 5, 2026Tampoco en Venezuela hay oposición
Tras un acuerdo entre el gobierno de Venezuela y una parte de la oposición, EEUU anunció la suspensión temporal de algunas sanciones
Postigo. Por José García Sánchez
Cuando la realidad se divide en “buenos y malos”, suele revelar una percepción simplificada del mundo. Eso fue lo que ocurrió con sectores de la sociedad venezolana que celebraron frente a la corte donde se juzga a Nicolás Maduro. Durante años creyeron que Estados Unidos era aliado de la oposición venezolana.
La acción policiaca no solo evidenció las verdaderas intenciones de la Casa Blanca. También demostró que la oposición en Venezuela es minoritaria, pese a la narrativa que sostienen los medios convencionales. Medios que, cada vez más, son desmentidos y desacreditados por la propia ciudadanía, a partir de experiencias repetidas de desinformación.
Si la oposición es minoría —como lo certifica el propio Donald Trump— entonces no existió el fraude que denunció María Corina Machado. Esa conclusión resulta incómoda incluso para quienes la respaldaron. Prefieren exhibir como fraudulento al sistema internacional de premios o desacreditar cualquier otra instancia, antes que revisar su propia lectura política de Venezuela.
Machado no solo se asumió como presidenta en potencia. También estableció convenios y compromisos con empresas estadounidenses, cuyas consecuencias políticas ahora la hunden más. La supuesta fuerza opositora se revela más ruidosa que numerosa.
La marginación de María Corina Machado y del candidato Edmundo González, a quien se presentó como ganador electoral sin pruebas verificables, confirma esta realidad. Cuando se exigieron evidencias, simplemente desaparecieron.
La derecha venezolana —como la mexicana y la de buena parte del mundo— es minoritaria. Sin embargo, al controlar amplios espacios mediáticos, logra aparentar una dimensión social que no tiene. Son pocos, no representan mayorías y pierden de manera sistemática en las urnas.
Eso sí: nadie les gana en estridencia. Gritar, exagerar y victimizarse es una práctica arraigada en la derecha. El día que abandonen esa dinámica y acepten la lógica de la política real, serán bienvenidos al debate democrático.
Mientras tanto, la figura de Nicolás Maduro se fortalece dentro de su país. La presión externa y la violencia simbólica han generado un efecto de cohesión nacional que antes no existía. Sectores que rechazaban a su gobierno hoy se replantean su postura.
La violencia extrema suele conducir, paradójicamente, a la razón, a la negociación y a la búsqueda de estabilidad. En ese proceso, Maduro gana incluso cuando parece perder. La historia de las intervenciones extranjeras utiliza un lenguaje distinto al del análisis interno, y suele producir resultados contrarios a los buscados.
Maduro crece en la medida en que la oposición se diluye. Mientras más tiempo permanezca retenido o presionado, mayor será su construcción como figura heroica. Ya ocurrió el 11 de abril de 2002, cuando el secuestro de Hugo Chávez provocó una reacción social que revirtió el golpe.
Las invasiones y acciones violentas son contraproducentes cuando existe liderazgo social. Por eso los escenarios fueron distintos en los casos de Evo Morales, Lula da Silva o Pedro Castillo, donde se optó por mecanismos más sutiles de desgaste político.
Trump debería pensarlo dos veces antes de profundizar una confrontación violenta contra un gobierno con base social. Ese tipo de acciones no debilitan liderazgos: los engrandecen. Además, generan reacciones imprevisibles, incluso fuera del territorio venezolano.
Tarde o temprano, Trump tendrá que soltar a Maduro. De lo contrario, las consecuencias podrían escalar y afectar a ciudadanos estadounidenses en otros países, lo cual sería lamentable y profundamente irresponsable.
Desde ahora, y por decisión de Trump, la oposición venezolana no solo es minoritaria. Simplemente dejó de existir como alternativa real de poder.


