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junio 30, 2026La cobardía periodística
Postigo
Por José García Sánchez
Uno de los requisitos para ejercer el periodismo es tener valor. No se trata de ser héroes, pero tampoco de actuar con cobardía.
En estos días hemos visto cómo quienes en algún momento se sintieron estrellas de los medios convencionales, únicos en su género y líderes de opinión, gracias a la ingenuidad de parte de su público, hoy se esconden tras las siglas de sus empresas informativas o simulan trincheras detrás de cámaras y micrófonos para intentar salir ilesos.
El caso Israel Vallarta
El caso de Israel Vallarta, acusado injustamente de secuestro y exonerado de toda culpa hace poco, ya lleva a dos periodistas hasta los banquillos de los acusados.
La insistencia, por consigna y sin investigación alguna, del autor del montaje que lo llevó a prisión, mientras era sujetado y torturado por la policía de Genaro García Luna —quien, según el autor, protegía toda actividad lícita e ilícita de Carlos Loret de Mola— colocó a Vallarta en una condición de culpabilidad sin más sentencia que la emitida desde los propios medios de comunicación.
Cuando los medios sustituyeron a la justicia
Los medios secuestraron durante muchos años funciones que correspondían al Poder Judicial.
Estaban tan acostumbrados a esa práctica que una parte de la sociedad terminó por creerles, convirtiendo en jueces supremos a periodistas como Carlos Loret de Mola y Ciro Gómez Leyva.
Ahora, ambos serán denunciados penalmente por Israel Vallarta, a pesar de que sostienen ser inocentes de toda tergiversación de la realidad y de haber usurpado funciones que corresponden a tribunales y juzgados.
Fungieron como jueces y ahora quieren aparecer como imparciales y objetivos, después de haber pisoteado la reputación de Vallarta durante más de veinte años, con una saña propia de quien se sabe vencedor.
La derecha, sostiene el autor, es proclive a convertir a los adversarios en enemigos irreconciliables y a transformar las diferencias de ideas en trincheras insalvables.
Errores, rumores y responsabilidad periodística
Desde luego, los excesos de la prensa no son nuevos.
En Excélsior surgió recientemente otra agresión contra funcionarios de la Cuarta Transformación, más basada —según el autor— en la mala intención que en la investigación, acompañada de una posterior simulación de error involuntario.
Leticia Robles, catedrática de la UNAM, quien inició junto con Pablo Hiriart en Crónica, afirmó que Emiliano González, asistente del senador de Morena, Gerardo Fernández Noroña, era hijo del legislador y denunció, sin más pruebas que el rumor, un supuesto caso de nepotismo.
Posteriormente, la periodista ofreció disculpas y explicó que sus fuentes dentro del Senado le habían informado que Fernández Noroña lo había presentado como “hijo”. Además, invocó el secreto profesional para no revelar la identidad de quienes le proporcionaron esa información.
La credibilidad como principal víctima
Aquí no corre el riesgo de ser despedida porque, según el autor, la línea editorial encabezada por Pascal del Río privilegia la especulación informativa y el golpeteo político.
La veracidad queda en segundo plano y la pérdida progresiva de credibilidad parece convertirse en un costo asumido.
Cuando la prioridad consiste en intentar descarrilar a un gobierno a bajo precio, la derecha echa toda la carne al asador. Lo primero que termina quemándose es el prestigio, mientras se escudan, cobardemente, en la libertad de expresión para justificar incluso la mentira.
El caso Monsiváis y López Obrador
Otro ejemplo de cobardía periodística fue, según el autor, la agresión de un reportero mitómano contra Carlos Monsiváis y el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
A través de una entrevista alterada se construyó un escenario ficticio sobre la relación de amistad entre ambos.
Cuando la maniobra fue descubierta y se conoció su origen, se ofrecieron disculpas a todos, menos al expresidente.
Sin embargo, nadie exigió esa disculpa. El autor considera que no era necesaria, mucho menos si provenía de lo que califica como la “escatología informativa” de los medios convencionales.
El precio de la mentira
El redactor, conocido por su fama de mitómano y centavero, renunció antes de enfrentar la realidad que lo obligaba a revelar a los autores intelectuales de aquella manipulación, la cual —según esta opinión— seguramente tuvo un costo económico.
Ese añadido a una entrevista fue desempolvado por alguien que buscaba desprenderse de un apodo adquirido recientemente y que, afirma el autor, lo acompañará por el resto de sus días.
Es decir, el propietario de una cadena televisiva prefirió comprar la voluntad de un redactor antes que enfrentar directamente las consecuencias de ese señalamiento.
El riesgo del lawfare
Que los medios se conviertan en mansos corderos una vez descubiertos en sus mentiras resulta secundario.
Lo importante ocurre en el momento en que, unidos, organizan una serie de embestidas informativas contra lo que consideran su enemigo principal: la verdad.
Para el autor, este escenario anuncia el inicio del lawfare, o golpe de Estado suave, un proceso que, concluye, debe detenerse de inmediato.


