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febrero 14, 2026Más allá de Marx: instituciones, legado y futuro de la educación pública
Columna de opinión: Ingeniería Política
Por: Aldo San Pedro
En el momento político actual se estaría observando en México un episodio que, más que girar en torno a una persona, obligaría a medir la fortaleza de nuestras instituciones educativas. Esta semana hablamos de Marx Arriaga porque su salida de la SEP no es un hecho aislado ni un simple relevo administrativo. Ocurre en un punto clave para la consolidación de la Nueva Escuela Mexicana y en la transición de una etapa política a otra dentro del mismo proyecto de transformación.
Si Marx dejara formalmente el cargo y decidiera mantener presión desde la protesta, el mitin o las redes sociales, el debate cambiaría de naturaleza. Ya no se trataría de una destitución, sino del tipo de narrativa que podría instalarse dentro del propio movimiento: la defensa del legado del obradorismo frente a los ajustes y matices de la administración encabezada por la Dra. Claudia Sheinbaum. Ahí se encontraría el verdadero punto de tensión.
La Nueva Escuela Mexicana no habría sido concebida como un proyecto personal, sino como una política pública con diseño institucional, equipos técnicos y procesos formales. En su etapa fundacional habría requerido liderazgo visible y convicción discursiva. En su fase de consolidación demandaría estabilidad operativa y disciplina administrativa. Cuando una política se personaliza, cualquier relevo podría leerse como ruptura; cuando se institucionaliza, los cambios forman parte natural de su evolución.
Si Arriaga optara por una confrontación pública sostenida, habría presión mediática. Podría intentar posicionarse como defensor “auténtico” del legado. Eso generaría ruido interno, pero no necesariamente ruptura. Toda transformación amplia admite matices en su etapa de consolidación. El riesgo no estaría en la crítica, sino en que la discusión se desplazara del contenido educativo hacia una disputa simbólica de representación.
La administración actual tendría incentivos claros para institucionalizar el conflicto y no escalarlo. Consolidar implicaría procesar diferencias por la vía administrativa, sostener continuidad del modelo y evitar dramatización. Si el proyecto educativo continuara operando sin sobresaltos, el episodio tendería a diluirse. Si, en cambio, el debate se ideologizara y se polarizara en términos de “origen” frente a “ajuste”, podría abrirse una conversación interna más amplia sobre rumbo y método.
Desde la lógica de la Ingeniería Política, el punto crítico no sería la permanencia de un nombre, sino la resiliencia del sistema. Las instituciones maduras absorben tensiones sin alterar su arquitectura. Cuando un proyecto logra sostener su operación más allá de sus figuras visibles, demuestra que ha superado la fase de dependencia personal y ha entrado en consolidación estructural.
El caso Marx Arriaga no pone en juego el futuro de la Nueva Escuela Mexicana, sino la capacidad del proyecto para consolidarse en una etapa donde las instituciones deben pesar más que las figuras. Las transformaciones auténticas no se debilitan por relevos ni por tensiones internas; se fortalecen cuando logran sostener el rumbo sin depender de protagonismos. Si la política educativa mantiene estabilidad operativa, coherencia institucional y claridad en su dirección, el episodio quedará como una prueba superada en su proceso de madurez. En la ingeniería del poder público, la permanencia no la garantiza un nombre, sino la solidez de la estructura que lo trasciende.
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